Misiones.” Tierra roja rebosante de vida”. Argentina


Nada más llegar, llama la atención el color rojo de la tierra. Este suelo fértil y colorado es debido al alto contenido de óxidos de hierro y aluminio. Llegamos a Misiones, donde el polvo rojo lo impregna todo.

Al noreste de Argentina, limitando al oeste con Paraguay, del que solo le separa el río Paraná, y al este, norte y sur con Brasil, se encuentra la provincia de Misiones.

El nombre de Misiones viene de los diversos asentamientos jesuitas que se instalaron en la zona a principios del siglo XVII para la evangelización de los indios guaraníes. Tal vez esta es una de las razones por las que, cuando recorres la provincia circulando por la Ruta Nacional 12, tienes la sensación de estar en un lugar mágico, lleno de historias y leyendas.

O tal vez sea porque tenemos en nuestra memoria la película “ La Misión” –algunas de sus escenas más impresionantes se rodaron en la zona– , en la que Rodrigo de Mendoza, interpretado por Robert De Niro, y el padre Gabriel –Jeremy Irons– , encarnan a un mercenario tratante de esclavos y a un sacerdote que trabajaron juntos para evangelizar a los indígenas guaraníes.

Esa sensación va cogiendo cuerpo cuando llegas a San Ignacio, a sólo cincuenta kilómetros de Posadas –capital de Misiones–. La ciudad está levantada sobre los restos de un viejo poblado indígena llamado San Ignacio Miní, que fue construido por la Compañía de Jesús y debe su nombre al fundador de la misma, San Ignacio de Loyola.

Esta ciudad, antes de ser devastada por el dictador paraguayo Rodríguez de Francia en 1817, contaba con una población de más de 3.000 aborígenes.

Una vez pasado el centro de interpretación, que se encuentra en la entrada, y a medida que te vas introduciendo por los senderos no pavimentados que conducen al corazón de la ciudad, te vas dando cuenta de la grandiosidad del lugar y de lo que tuvo que ser aquella urbe en el pasado. Los colores son vivos, se entremezclan los verdes de la vegetación con los rojos de las ruinas. A medida que te vas acercando a la plaza central, empiezas a tener la sensación de respirar historia.

Esta sensación tiene su momento álgido cuando te sitúas debajo de los dos enormes muros de arcilla roja de la iglesia. Estos muros están hechos a base de bloques de piedra labrada de asperón rojo unidos entre sí sin ningún tipo de argamasa. A los lados de la plaza aún se puede vislumbrar lo que antiguamente eran las viviendas de sacerdotes y aborígenes.

Actualmente, aparte de San Ignacio de Miní se pueden visitar las ruinas de Santa Ana, Loreto y Santa María la Mayor.

Tras tomarnos un tereré –mate frío con zumo– para recobrar fuerzas y dejando atrás los restos de San Ignacio Miní, reemprendemos nuestro viaje por la Ruta Nacional 12 en dirección a las Cataratas de Iguazú.

Poco a poco nos vamos adentrando en la selva misionera que, casi sin darnos cuenta, se nos habrá colado por los poros de la piel. Empezaremos a verla de forma diferente, más cercana, apasionante y lo más importante, rebosante de vida.

Es la selva del río Iguazú que nace en Brasil, en el territorio de Serra do Mar, en el estado de Paraná. El río, después de recorrer unos 1.300 kilómetros –115 de ellos hacen de frontera entre Argentina y Brasil– y antes de unirse con el Paraná, se lanza por los cortados que forman las colosales e impresionantes cataratas de Iguazú.

Cuenta una leyenda guaraní que hubo una diosa con forma de serpiente gigante que vivía en el río Iguazú. Todos los años, los aborígenes de la zona sacrificaban una doncella lanzándola al agua como ofrenda a la diosa, calmando así la furia de la bestia. En uno de estos rituales, un joven llamado Tarobá se enamoró de Naipí, una bella guaraní que iba a ser sacrificada en aquella ocasión. Éste, tras intentar sin éxito que los ancianos de la tribu perdonasen la vida de la bella joven, decidió raptarla y escapar con ella por el río. La serpiente, al enterarse, les persiguió enfurecida y con un latigazo de su potente cola hizo añicos la cuenca del río dejando atrapados a los jóvenes y creando de esta forma las cataratas de Iguazú. Tarobá se transformó en unos de los árboles que se encuentran justo encima de la Garganta del Diablo, mientras que la cabellera de la bella Naipí pasó a formar parte de las majestuosas y abundantes aguas que descienden por las cataratas. Boi, la diosa serpiente acecha siempre vigilante para que los jóvenes no vuelvan a unirse.

Leyendas aparte, las cataratas fueron vistas por primera vez por ojos extranjeros en 1541, cuando esta tierra de arenas rojizas y abundante vegetación fue descubierta para los europeos por Alvar Núñez Cabeza de Vaca, quien las describió diciendo: “da el agua en la tierra tan grande golpe, que de muy lejos se oye; y la espuma del agua, como cae con tanta fuerza, sube en lo alto”. Y en verdad es así. Es tal el ruido y la fuerza con la que cae el agua que da la impresión de que rebota y vuelve a subir creando una especie de constante y fina llovizna que empapa todo lo que la rodea.

Iguazú, que en guaraní significa “Aguas grandes”, es un nombre que en algunos casos parece quedarse corto para describir un espectáculo de tal magnitud. Las Cataratas de Iguazú, que en 1984 fueron declaradas Patrimonio Natural de la Humanidad, se encuentran dentro del Parque Nacional de Iguazú y cuentan con 275 saltos. Uno de los más espectaculares es el de la Garganta del Diablo, donde el agua cae desde una altura de ochenta metros. Otros saltos como el Bozetti, los Tres Mosqueteros, Dos Hermanas, etc., aún siendo más pequeños compiten en espectacularidad con el primero.

Para recorrer las cataratas existe un sistema de senderos que, si bien facilitan el acceso, no restan ni un ápice de emoción al recorrido por la selva. Los coatíes, loros, osos meleros, tapires y el hurón mayor, serán algunos de los habitantes de la espesura que pueden ser fácilmente vistos en nuestro camino.

Al atardecer, cuando los tucanes mezclan sus colores con los del arco iris y el agua parece que brota de la tierra intentado llegar al cielo, te das cuenta realmente de lo afortunado que eres por estar ahí y poder disfrutar en vivo de este maravilloso momento.

Muy cerca de las cataratas, a unos 18 kilómetros, está la aldea guaraní de Fortín Mborore, dentro del departamento de Iguazú, en una zona a la que llaman Selva de Iriapú. Hasta aquí el turismo no ha llegado de forma masiva, conservando gran parte del sabor e interés de este paraje donde podremos aprender cómo se vive en la selva, entrando en el mundo de los guaraníes como alumnos de un tiempo pasado y auténtico. En Fortín Mborore, con suerte, nos recibirá una de las personas que más relación ha tenido con el exterior hasta ahora. Fue figurante en la película de “La Misión” y en la actualidad hace las funciones de guía. Dice llamarse Roberto, posiblemente un nombre inventado ya que según nos dice, el chamán de la aldea es el único que decide cómo debe llamarse cada uno, y no parece probable que “Roberto” sea nombre guaraní. Roberto habla pausadamente, como intentando embriagarnos con sus palabras. Nos cuenta de sus costumbres, de su cultura, de la medicina natural que todavía se emplea en la aldea, de sus problemas… Nos conduce por los senderos y con él vamos escudriñando cada rincón del camino, cada árbol y cada hoja. Sabe todo sobre su selva, entiende de todo lo que le rodea; nos muestra de dónde sacan las semillas que ellos llaman Lágrimas de la Virgen, con las que hacen los collares que más tarde nos venderán las mujeres, y regala en señal de gratitud su propio collar bendecido por el chamán a un afortunado viajero. Y por si fuese poco, como para ponerle banda sonora a esta sublime experiencia, un grupo de niños guaraníes nos despiden con sus cánticos típicos llenando el aire con notas celestiales.

En ese momento se empieza a sentir que la selva misionera ya se ha apoderado definitivamente del cuerpo y del alma del viajero. Al día siguiente, después de una frenética sesión de compras de última hora entre el Duty Free de la frontera y la ciudad de Puerto Iguazú, y tras cruzar el puente que separa Argentina de Brasil –Tancredo Neves– para sobrevolar las cataratas en helicóptero, uno, cansado y lleno de polvo rojo, sólo quiere llegar al hotel, tomarse un buen bife y ordenar en la cabeza todo lo que han visto sus ojos. Lo único que se tiene claro es que, aún sin haberse ido, se está deseando volver.

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